La Carrera Drag del Marra – Miss Spring

Anoche finalmente tuve la oportunidad de asistir a un certamen de Eliminatoria de La Carrera Drag del Marra, puesto que anteriormente sólo había acudido a la Gran Final de las dos ediciones pasadas.

Debo confesar que hubo actuaciones y producciones que ciertamente me dejaron boquiabierto. (Nota: Chavas, me deben una caja de pastillas Vick, me quedé afónico). Hubo quienes confirmaron aquella máxima que reza: “Menos es más”; quienes, muy a la americana, hicieron gala de su grande, qué digo grande, grandioso talento; quienes recurrieron al más abstracto concepto a partir de la improvisación y aún así supieron salir avante y triunfar; quienes se les notó que nunca tuvieron ni idea de qué hacer ni cómo interpretar el signo zodiacal que les fue asignado y/o de plano les valió e hicieron lo que quisieron por el simple hecho de que les dio la gana hacerlo.

Finalmente, y el tema que hoy ocupa particularmente ésta publicación, hubo una Drag en particular que me dejó sumamente disgustado. La susodicha responde al nombre artístico de Miss Spring, hija de una grande de la pasada edición, Rhoma Queen.
Entiendo que la señorita haya elegido muy sabiamente emular el acto de Slow, de Kylie Minogue, del espectáculo Aphrodite Les Folies, pues en un extenso artículo publicado en internet hace algunos años, donde se explicaba la desambiguación de cada uno de los actos, nos cuentan cómo para éste número (basado enteramente en el filme Zigfred Follies y en un atuendo usado por la magnífica Heidi Lamarr), la australiana encarnaba la forma mas pura y virginal del amor, siendo mas una imagen Vestal que Afrodisíaca. Ok, perooo… Esto lo sabemos -o recordamos- unos cuantos, muy, muy pocos en realidad, se los aseguro. Ustedes vayan y pregúntenle a los miembros del jurado o a cualquiera de los asistentes, a ver si también entendieron la relación del atuendo con la asignación zodiacal para el concurso, o si mas bien pensaron que sólo se trató de una loca que quiso tener su “momentum Kylie” a como diese lugar.
Ahora bien, vayamos directamente a la ejecución del acto: Sí, es cierto que los nervios en éste tipo de eventos siempre están a la orden, para traicionarnos y volvernos más vulnerables, pero verdaderamente el dejar que te ganen al momento de subir al escenario habla de una falta de profesionalismo mayúscula. Por otra parte, tengo la impresión de que Miss Spring estuvo tan enfocada en la creación de su vestuario (preciosamente elaborado, por cierto), que olvidó montar y/o ensayar una rutina que estuviese a la altura no sólo del certamen y de sus compañeras (algunas de las cuales lucieron rutinas espectaculares que me hicieron darles una gran ovación de pie), sino de la propia versión del tema en cuestión.
Para quienes aún no hayan tenido oportunidad de ver/escuchar dicha versión de Slow, les cuento de que va el asunto: La versión está construida en estilo del jazz cabaretero de los años 40 del siglo pasado, con un destacable bajo obstinado, un poderoso discurso de trompeta tocada con sordina y el persistente piano acústico enfocado en acordes, escalas y arpegios menores aumentados en el registro agudo, además de acordes que acentúan, interpretados por un trío de alientos (saxofón, trompeta y trombón) y la infaltable batería. Justo en el clímax de la canción viene un dramático cambio en el tono de la canción, el cual hace que estalle por completo en una frenética mezcla electrónica a cargo de los Chemical Brothers. En la cuestión visual tenemos a una Kylie enfundada en una vaporosa túnica blanca con aplicaciones de finas plumas en los filos, brillantes en las mangas y cuello, portando una corona de estrellas en filas concéntricas semicirculares. Una de las visiones más divinas de los diferentes cambios de atuendo que luce a lo largo del concierto. Ella está de pie en el centro de una gigantesca flor de loto giratoria, misma que se eleva y desciende conforme avanza la canción y en la cual danzan los brazos de las bailarinas, moviendo sendos abanicos de plumas de faisán al compás de la música. En la versión alternativa que la Minogue trajo a América ésta pieza de ingeniería fue omitida, lo cual le otorgó una nueva libertad creativa a los coreógrafos; con esto, la cantante y su séquito de bailarinas pudieron hacer gala de sensuales movimientos, coquetos contoneos a lo largo del escenario (coquetería y contoneo son dos de las especialidades de Kylie) e incluso una nueva construcción de figuras, aprovechando el nutrido número del ballet femenino y sus vistosos abanicos.
Dicho todo lo anterior, me queda claro que en cuanto a la ejecución de un acto sobre un escenario pequeño las únicas limitaciones son las que uno mismo se pone, ¡y miren que si lo sabré yo, que ya me he subido a bailar solito en aquél balcón del Salón La Inventada, del Marra 2.0! Razón por la cual no apruebo en lo absoluto la ejecución realizada por la participante antes mencionada. Y es que al tener como base un número musical como Slow, las posibilidades son ilimitadas: Ya sea que se cuente o no con accesorios, se puede jugar a hacer un montaje al más puro estilo burlesque/cabaret, ser un personaje sexy en una suerte de striptease, en fin… Insisto, la canción es un acto coital de principio a fin, un derroche de sensualidad que da la oportunidad de explotar la sensualidad y la sexualidad humana de muchas maneras, aún si lo único de lo que se dispone es de una túnica blanca y un barandal de dos metros y medio de largo. El acto que ésta Drag nos otorgó la pasada noche del jueves no fue sino un lamentable baile de botarga del Dr. Simi, donde hasta éste se menea con más gracia. Miss Spring destruyó el número de un modo colosal, sin energía, sin entusiasmo, con una atrofia articular espantosa, impávida y más preocupada por que no se le cayera el “bra” que por entregarlo todo en el escenario. En definitiva, me dejó con un muy mal sabor de boca y una fatal impresión de su trabajo, mismo sentimiento que compartieron los jueces, quienes decidieron que sería la segunda expulsada del concurso… Y no sin justicia, verdaderamente.

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México, Distrito Federal, a 19 de septiembre de 2015.

Hoy, hace 30 años, México se sacudió… Y ya nada fue igual.
Y los mexicanos gritaron,
Y los mexicanos lloraron,
Y los mexicanos se estremecieron.
Y la tierra se abrió,
Y la tierra rugió,
Y la tierra se cimbró;
Y también la moral de todos ellos se cimbró,
Y la familia se cimbró
Y todo México se sacudió.
Pero la Unión nunca se cimbró,
Y México luchó, y resistió, y adelante salió.

Reserved.

Como dice la canción de Kylie Minogue: “I’ve been chasing the life I’m dreaming, now I’m HOME.”

Durante años, muchos años después de haber sido, literalmente, echado de la Mansión de Starbucks en la calle de Spencer, en Polanco, soñé obsesivamente con volver a estar aquí. Sin embargo, el edificio lucía completamente distinto a como yo lo recordaba: En mi sueño veía la casa llena de cuartos que recorría una y otra vez en busca de algo. Hoy volví a visitar el lugar y cuál ha sido mi asombro al encontrarme, ni más ni menos que con una edificación enteramente remodelada en su interior: Pequeños cuartos por aquí y por allá, iluminación tenue que da una sensación de intimidad única, colores más cálidos, vegetación abundante en la terraza… ¡No lo puedo creer, la casa luce ahora tal y como la había soñado durante tantas y tantas noches!

Llegué aquí atraído por la rimbombante promesa del nuevo concepto “Starbucks Reserve”, un concepto, si bien no único en su género, sí el primero en México: Exóticos cafés de las más intrigantes regiones cafetaleras alrededor del mundo, preparados al momento con un sofisticado método de elaboración que hace destacar todas y cada una de las propiedades de aroma y sabor. Probé dos: El primero, un café proveniente de Kenia, el cual ciertamente no me asombró en lo absoluto, pues me recordó muchísimo a cierto café originario de Coatepec, Veracruz; el segundo, uno cultivado en Timor Oriental, en el archipiélago indonesio. ¡Éste sí que me conquistó! Hacía mas de diez años que no probaba un café proveniente de aquella nación, aunque entonces era una mezcla llamada “Arabian Mocha Timor”, cuya composición, como su nombre lo indicaba, estaba basada en granos de Timor y de la península arábiga, lo cual le daba un distintivo carácter fuerte e intenso incomparable. Éste café, por otra parte, al ser de Origen Único, brinda un perfil de sabor muy diferente: Predominantes notas a hojas de limón, especias como la canela, el cardamomo y el anís estrella, ligeramente picante, con una profundidad envolvente permea absolutamente todo el paladar y cuya persistencia no consigue verse opacada incluso al estar fumando (típico de mi cuando estoy bebiendo café). Me hace evocar una exótica locación de suelos muy terrosos, paisajes volcánicos, vegetación exuberante plagada de grandes insectos y acechantes animales que desde lo más cerrado del follaje tqb  con detenimiento, es espera de poder cazarme (sí, estoy escuchando Sensemayá, de Silvestre Revueltas, mientras escribo esto y lentamente voy dando sorbitos a mi bebida).

Honestamente, estoy muy orgulloso de ver cómo han transformado éste lugar en una mansión esplendorosa que conjuga sofisticación, tradición y la pasión única por el café que dio origen a la Empresa allá por los años setenta en un pequeño local ubicado en el Pike Place de Seattle. Tantos recuerdos contenidos en éste lugar que, lejos de parecerme irreconocible, me resulta tan familiar como si aún fuese mi segunda casa, no obstante haber partido hace ya tantos años. Hoy por hoy puedo decir que un enorme porcentaje de mi corazón sigue y seguirá estando aquí, sin importar cuántos años pasen o para cuántas empresas diferentes me encuentre yo trabajando, porque éste siempre será una cosecha única, un corazón “de reserva especial”.

Mi Obsesión Infinita.

Anoche tuve un sueño de lo mas angustiante. Me veía entrenando en un gimnasio repleto de tipos súper estéticos, con tipo de modelos de ropa interior Andrew Christian.
Evidentemente yo me sentía de lo más devaluado del mundo. Entonces se me acercaba uno de ésos hombres y me regañaba: “¡Lo estás haciendo mal, TODO MAL, MUY MAL! ¡Mira nada más ésa panzota, ésos brazos de fideos aguados!” Entonces me quitaba la barra del número 11 que estaba usando y me daba una del 25.
Uno, dos, tres… Pfff… C-c-cu-aaah-t-troooh… [¿¡Ya te cansaste, puto, ya no puedes!? ¡Órale cabrón, chíngale! ¿¡Te quieres poner bien bueno, no!?] Cinnnnnco… Seis… Pfff… S-sssie-SIETE! [¡Chíngale papá, si no duele no sirve! ¡Te faltan tres y tres repeticiones más, DALE!]
Yo estaba llorando del dolor y totalmente bañado en sudor. Entonces escuchaba a alguien sollozando. Volteaba hacia una esquina y veía un niño como de diez años arrobado en un rincón, entre el estante de las barras y el de las mancuernas. Estaba sollozando mientras se comía una enorme torta de jamón con queso y lechuga. Cuando levantaba la mirada veía su carita llena de lágrimas. ¡No lo podía creer, era yo! Nos mirábamos por un momento y al mismo tiempo nos dijimos: “Mira lo que eres, mira lo que has hecho de mi.”
Después el entrenador se interponía entre nosotros y mirándome con severidad, me gritaba: “C’mon, fucker!! Don’t lose your focus!” Entonces lo reconocía plenamente, era el actor porno Paul Wagner.
Con muchísimos esfuerzos acababa la serie de diez repeticiones y tiraba la barra. Entonces el entrenador sacaba un termo enorme, que mas bien parecía un falo, y me decía: “Si te quieres poner como nosotros tienes que beberte esto todos los días del resto de tu vida.” Le arrebataba el envase y me bebía con desesperación todo el contenido, que incluso se derramaba por las comisuras y me escurría por el cuello. Entonces aquél sacaba una jeringa igualmente enorme y me decía: “Ahora unas dosis de este magnífico producto para aumentar masa muscular, porque ya vi que ésos brazos de niña ni con mil levantamientos diarios tienen remedio. ¿Estás listo?”, y yo le contestaba: “¡Sí, inyéctamelos, no me importa de qué se trate! Quiero tenerlos como Marco (Da Silva), como Willie Gómez, cómo Hulk Hogan. ¡No me importa, no me importa nada! ¡Quiero que me deseen, que me miren con lujuria, con deseo, con asombro, con envidia! ¡Quiero ser más popular que Delaroux, que Maciste, que la Núñez! ¡Quiero que me llamen para aparecer en la portada del calendario del Marra, para modelar los AC, para posar en bonita en las fiestas Bomba, para salir en vídeos! ¡Quiero que me tomen muchas fotos, tener muchos seguidores en todas las Redes, que todos me busquen sólo para decirme «Ay papacito, qué rico estás»!
Y así continuaba gritando sandeces, cada vez más y mas fuerte, hasta que comenzaba a exclamar, casi jadeando: “Encore! Encore! Encore!”, al fondo, en una pantalla aparecía una imagen femenina, distorsionada, repitiendo incesantemente: “Everybody says: Love, love, love. So I did it… So I did it.”
Entonces, como el cochinito de la canción de Cri-Cri: Me caí de la cama y me puse a llorar.

Estrellas Solitarias / Lonely Stars

Ayer fue una de ésas veces en las que me sentí muy orgulloso y feliz por alguien a quien aprecio y admiro profundamente. 11013208_10153336584042999_1988608761519401130_nSe trata de mi amiga Dana Karvelas​, una persona muy a todo dar a quien conocí hace muchísimos años y a quien, por casualidades de la vida me volví a topar hace un par de años, ya convertida en toda una celebrity del mundo Queer.

Anoche tuve, finalmente, la oportunidad de asistir a la proyección de un estupendo proyecto fílmico en el que ella no sólo participa, sino que es nada más y nada menos que ¡la protagonista! Se trata de Estrellas Solitarias, una realización del joven talento Fernando Urdapilleta, el cual trata el tema de la amistad y de la realización de un sueño desde una perspectiva muy cruda y a la vez muy sui generis.

Con ésta película lloré, reí, grité y me divertí a montones. Debo de confesar que hacía un buen rato que una realización de manufactura nacional no me cautivaba tanto como lo hizo anoche ésta. Y, ojo, no se los digo sólo porque mi amiga sea la protagonista, sino porque de verdad resulta un deleite para quien, como yo, ubica en su enciclopedia personal las fabulosas participaciones de Cheli Godínez (una actriz de soporte que 11261676_10205700604087340_2809876166678234119_nsiempre aparece para decir los diálogos chistosos, hasta hice un meme con una de sus líneas en “Danzón”, de María Novaro); Coral Bonelli, cuya historia le valió a Roberto Fiesco un Ariel el año pasado por “Quebranto” como Mejor Largometraje Documental; y Roshell, toda una institución en el mundo trans y de quien vengo escuchando su nombre desde que tenía como once años cuando veía anunciado “El Lugar de Roshell” en la micro-sección dedicada a los lugares gay en la revista “Tiempo Libre”, entre otras tantas chicas trans que me hicieron pensar: “A ella la vi alguna vez actuando en tal o cual lugar…” Verdaderamente éste fue, para mi, un desfile único de rostros y personas muy familiares, lo cual me resultó mucho más gozoso que, por ejemplo, el inútil desfile de “luminarias” con el que hacen alarde en la insufrible “El Crimen del Cácaro Gumaro”, y con el cual tan sólo ocultan una realización pobre, estúpida y sin fondo, cuya finalidad era entretener, pero que, sin embargo, terminó aburriendo y hasta enfureciendo a las audiencias en México.

En cambio,  se luce, justamente, por la simpleza de su realización (ojo, que no “simplista”), la pureza y hasta la inocencia de sus personajes, por la crudeza de sus escenas, por el realismo del origen de sus personajes, por su fotografía, por sus planos abiertos y cerrados, por sus situaciones puramente humanas que retratan un amor diverso en un mundo donde las etiquetas salen sobrando.


*Estrellas Solitarias se presenta en el marco de MIX México / Festival de Cine y Vídeo. La tercera y última función será el próximo viernes 12 de junio de 2015 en el Cinépolis Diana, a las 21:30 hrs. ¡No se la pueden perder!

Un funeral sin cuerpo.

I

4c06e0e0-a76c-4dd8-b4ee-6cd945a3990cAquel viernes Amaranta se despertó sintiendo un terrible frío en la espalda, no obstante las tres cobijas y el edredón de plumas de ganso que la cubrían, además de la gruesa pijama de franela y doble calceta que se había puesto la noche anterior. Volteó a ver el reloj despertador que se encontraba sobre su buró: eran las 6:30 de la mañana. Aún cuando la alarma estaba programada para sonar a las siete en punto, decidió levantarse, se dirigió al baño a cepillarse los dientes y después se sentó en la cama, encendió un cigarrillo y permaneció pensativa por algunos minutos, mirando hacia ningún punto en particular. No recordaba haber sentido tanto frío desde que volvió a México, después de haber vivido por varios años en Irlanda; los inviernos anteriores habían sido más benévolos, “pero en ésta ciudad uno nunca sabe cómo va a estar el clima, podemos, incluso, tener las cuatro estaciones ¡en un mismo día!”, solía decirle la tía Macaria, a lo que Amaranta siempre respondía con ése tono conciliador que la caracterizaba: “Ay tía, pero debes de recordar que antes el clima para nada era así, ya ves qué bonitos días teníamos en las estaciones cálidas, y aún en otoño e invierno no padecíamos de éstos fríos tan polares. No podemos decir que sean infernales, porque dudo mucho que allá abajo esté el clima así, ¿verdad? Todo esto es consecuencia del calentamiento global y todo eso que explican los científicos, los meteorólogos, los que saben de esto, pues… Pero debemos verlo, también, por el lado amable: ¡Ahora ya podemos sacar nuestros abrigos en lana de Dolce&Gabbana y Fendi que nos trajimos de Europa! ¿No es así, Teté?”, decía, muerta de la risa.

“¡Ah, pobrecilla de la tía, ha sufrido tanto!”, pensó para sí misma. “Justo ahora debe de estar pasándolo fatal en Canadá, con ése miserable hipócrita que tiene por marido… No puedo (ni quiero) imaginarme cómo se ha de estar sintiendo en éstos momentos.” Y es que la noche anterior Amaranta había recibido una terrible noticia:
– Vine lo más pronto posible, ¿qué ha sucedido? ¿Han tenido noticias de mis tíos?
Su madre, mirándola azorada, le respondió: – Hija, qué bueno que llegaste. Hoy recibió tu papá una llamada de tu tío Saúl, desde Canadá.
– Oh, pero ¿qué pasó, qué le dijo?
Y entonces ocurrió. Lo que tanto se había estado temiendo, desde que supo que a su prima Esther (la misma con la que había crecido y jugado cuando niñas, y a la que cariñosamente solía llamar Teté) había sido internada en un hospital de la comunidad de Durham, en Canadá, a causa de una severa afección en los pulmones, y más aún a lo largo de todo aquel día:

– Esthercita falleció hoy en la tarde.

Se podría decir que aquello le vino como balde de agua helada, pero lo cierto es que no fue así, a Amaranta sus presentimientos jamás le fallaban. Sin embargo, sintió cómo todo el aire se le iba, cómo los restos de esperanza que aún residían en ella la iban abandonando. Y así, lentamente, se fue dejando caer, recargada contra la pared, con la mirada extraviada, hasta quedar en el suelo, con las piernas casi tocando su mentón. De pronto, fue como una sucesión de imágenes la que comenzó a pasar a toda velocidad por su mente, recordando todos y cada uno de los momentos más significativos de aquellas venturas y desventuras que vivieron juntas hasta la adolescencia, momento en el que se separaron para ir a estudiar en sendos internados, una en Dublín y la otra en Londres. Estuvo así por espacio de cinco minutos, hasta que, sobresaltada, exclamó: “¡Antonieta! ¡Ella aún no lo sabe! ¡Y Jeanine, oh, pobre Jeanine! Justo hoy me la topé cuando fui a comer con Benjamín al Bistró du Pain, y estuvimos comentando respecto a Teté. Me dio su número telefónico y el de Antonieta. Ahora mismo les llamo.”
[Antonieta San Martín y Jeanine Dupré eran las mejores amigas de su prima Teté, y Amaranta solía salir con ellas esporádicamente, aunque dichas salidas se habían reducido aún más justo después de que habían terminado la Universidad, nueve meses atrás.]

Su madre se limitó a observarla, sorprendida de que se lo hubiese tomado con tanta tranquilidad, Lo cierto es que Amaranta estaba en shock, pero su manera de manifestarlo era evadiendo sus sentimientos de la situación, algo que siempre había hecho, según para que el golpe no se sintiera tan duro, aunque en realidad, cuando finalmente caía en la cuenta de lo hechos, siempre terminaba llorando inconteniblemente, como la hija caprichosa de mamá que siempre fue.

Después de telefonearle a las dos amigas de Esther, su madre ocupó el teléfono para avisarle a papá que ya había llegado su hija.
– ¿Bueno, Lolita? ¿Oye, se encontrará por ahí tu tío? Gracias. ¿Roberto? Ya llegó Ami. Sí, está tranquila, se lo ha tomado con calma. Bien, nos vemos mañana.
Es que tu papá estaba muy inquieto, me decía que cómo lo irías a tomar, que si no te pondrías muy mal…, -suspiró-, el pobre estaba muy preocupado por ti. Hoy se quedó allá en casa de tus abuelos, porque tu tía Bertha se fue desde el miércoles a Massachussets, a un Congreso, y no la han podido localizar aún, entonces pues ni modo que los señores se quedaran solos. Yo estuve un rato en la tarde, pero me regresé porque tu hermano Jorgito tiene examen mañana, y además voy a preparar comida para llevar mañana allá con tus abuelos, para que coman en la tarde.
– ¿Y Marcelita?
– No, tu hermanita se queda aquí conmigo. Yo tampoco iré mañana a trabajar, total, ya es viernes.
– Bien, pues ya me marcho, yo ni loca puedo faltar al trabajo, no que tú…
– Pues ya ves, las ventajas de ser jefa. Mañana pasas por favor a ver a tu abuela antes de irte a trabajar, ¿ok?
– Sí, madre. Nos vemos.

II

Mientras manejaba su Peugeot 307 convertible, color azul, de vuelta a su departamento en la Colonia Condesa, la cabeza de Amaranta se llenaba de recuerdo sumamente alegres, tratando de aminorar el dolor provocado por la noticia de la muerte de la que, antaño, fuera casi como su hermana. La última vez que se habían visto fue en ése mismo año, justo en casa de los abuelos en la -más que tradicional- obligada comida del 10 de mayo. Poco tiempo después se enteraría por boca de su madre (¡ah, pozo de augurios y manifiestos!) que Teté había partido hacia Canadá para estudiar una maestría en Finanzas. Tiempo después también se enteraría de que en realidad se había mudado para vivir en unión libre con Bradley, su novio, buscando con esto escapar del infierno que era su hogar y su núcleo familiar, mismo que más recientemente comenzaba a resquebrajarse a una velocidad alarmante, dado que las entrañas de la relación entre sus padres estaba más podrida que un tronco viejo expuesto a la intemperie.

Al llegar a su hogar, llamó de inmediato a su novio y a sus amigas, para informarles de lo ocurrido. Después se dirigió hacia su habitación, se desmaquilló, se cepilló el cabello y los dientes, y se acostó, aunque no pudo conciliar el sueño. Estuvo tratando de recordar todos y cada uno de los momentos que ella y Teté vivieron juntas: la primera menstruación, el primer novio, de cuando perdieron su virginidad, el primer reventón en un antro (con su respectiva borrachera y la consecuente cruda del día siguiente), sus primeros stilettos Gucci, el primer bra, la primera desilusión amorosa, aquellos magníficos veranos que pasaban juntas en el Wild Goose Camp en Maine, la primera vez que visitaron juntas Disneyland cuando tenían apenas nueve años, las vacaciones de Semana Santa en casa de los abuelos, ya fuera en San Ángel o en Tepoztlán, las fiestas de Navidad, la primera vez que se tiñeron el pelo cuando aún iban en secundaria (estando en una escuela de monjas, las vieron llegar así y de inmediato las enviaron de vuelta a casa, las suspendieron tres días y tuvieron que teñirse el cabello nuevamente de castaño oscuro, después de que habían arribado con vistosos tonos rojizos, para diversión y asombro de sus compañeras ante semejante ocurrencia); y así siguió recordando lo más que su memoria le permitía, hasta que finalmente se quedó dormida.

Al día siguiente, después de haber permanecido sentada por más de una hora, se incorporó de la cama, sin ganas de hacer absolutamente nada, pero con la firme idea de que tenía que lucir bien, para poder enfrentar la visita a casa de los abuelos y que la vieran bien, para no deprimirlos aún más, además de que, de ambas nietas, Amaranta siempre había sido la más vanidosa y la que siempre lucía radiante (aún cuando se hubiese encontrado en medio de la depresión más abyecta), así que ésta vez no podía -ni debía- ser la excepción. “Teté jamás me lo perdonaría, ¡cómo me atrevo!, dudo mucho que quisiera verme lucir fatal justo en sus exequias. No, no, no, ¡por nada en el mundo!”, pensó entre melancólica y divertida, pero sintiendo un terrible vacío por dentro.

III

La visita a casa de sus abuelos aquel viernes por la mañana fue una de las cosas más difíciles que había tenido que afrontar Amaranta. Llegar allí y presenciar un funeral sin cuerpo era algo que jamás le había tocado vivir: un improvisado altar en la mesa de centro, estilo Chippendale, de la sala, dispuesto con flores, veladoras, imágenes religiosas y un par de fotos de Esther (una de cuando hizo su primera comunión a los nueve años y otra de cuando se tituló en Comercio Internacional por la Universidad Iberoamericana), y frente a éste un par de vecinas rezando un rosario en un murmullo apenas audible; gente sentada en torno a la sala con caras sumamente tristes y cansadas. El abuelo con su infranqueable cara de militar adusto y ceñudo; cuando Amaranta se acercó a saludarlo, escudriñó meticulosamente su expresión intentando encontrar aunque fuese un pequeño dejo de tristeza, un viso de preocupación, en fin, algo que le dejara claro a Ami que efectivamente el abuelo lamentaba la pérdida de su nieta, pero aquella búsqueda fue en vano, puesto que no halló nada de eso en su rostro. Y después, la abuela. Cuando sintió que se encontraba detrás de ella, esperando para saludarla, Ami sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, desde la nuca y bajando por toda la espina dorsal hasta la espalda baja, en ése momento se sintió aterrada y por un instante dudó en voltear y mirar a su abuela, quiso salir corriendo hasta que sus piernas ya no pudiesen más, pero no lo hizo y, después de unos segundos de duda, se giró. Fue desconsolador: apenas había volteado, cuando doña Amalia se arrojó a sus brazos y se aferró a ella, llorando inconteniblemente y balbuceando palabras de desconsuelo por la pérdida de Esthercita y de precaución para su nieta Ami: “¡Se nos fue, se nos fue, tu hermanita Teté nos dejó, no lo puedo creer! ¡Ay, Dios mío! Mi nietecita se murió… Cuídate, cuídate mucho m’hijita linda, tienes que cuidarte, mi amor.” Aquello le estrujó el corazón y, no pudiendo más, ella también rompió en llanto, un llanto amargo, triste y silencioso. Y así, Amaranta comprendió el inmenso cariño que su abuela les tenía, a pesar de que muchas veces las tratase con indiferencia o dureza.

Después de que se separaron, Amaranta se retiró a llorar a un apartado rincón de la casa, donde nadie pudiese verla (nunca le había gustado que la vieran llorar porque, como ella misma decía: “la cara se me descompone por completo y luzco horrible”). De pronto comenzó a hiperventilar y tuvo que salir de allí. Una vez que se encontró afuera corrió sin detenerse, hasta llegar a una esquina, donde se detuvo y se quedó en cuclillas, abrazándose a sus propias piernas y con la cabeza metida entre ellas, mientras lloraba sin parar. Luego de algunos minutos, que bien pudieron ser cinco o cuarenta, se incorporó, encendió un cigarrillo y comenzó a caminar, recorriendo las calles donde muchos años atrás había jugado, corrido y caminado con Esther, ya fuera solas o en compañía de alguna amiguita o de la abuela. Pasó frente a un local donde solía haber una tiendita y que ahora era una cafetería, recordó que allí acostumbraban comprar dulces cada vez que visitaban la casa de los abuelos, y entonces una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. Siguió caminando y recordó que ahí cerca vivía una niña que había sido amiga de Teté durante la primaria y la secundaria y pensó en ir en su búsqueda para informarle de lo ocurrido. No se atrevió, temía que Lorena (el nombre de aquella niña) reaccionara mal o, en otro caso, simplemente lo tomara con indiferencia. Más adelante pasó por una calle donde en alguna ocasión acudieron a una posada, durante las fiestas decembrinas, y recordó cuando aquella vez le jugaron una broma muy pesada a Belinda, una amiguita que tenían por casa de la abuela: aquella vez, mientras tenía lugar la procesión de los peregrinos, Ami y Teté corrían entre la gente lanzando chorros de nieve artificial en aerosol, entonces se acercaron por detrás y le rociaron media lata de nieve a Beli sobre su larga cabellera color castaño claro, dejando a la pobre niña cubierta por aquella sustancia y llorando de coraje por la mala jugada que le hizo “El Dúo Dinámico”, como solían decirles los vecinos (“¿Dinámico? ¡Ésas chamacas más bien parecen dinamita!”, solía decir en tono reprobatorio el padre de Belinda, chasqueando la lengua, a lo que su esposa refutaba: “¿Dinámico? ¡Qué va! Ése para debería de ser ‘El Dúo Diabólico’, porque parecen el alma del propio Satán encarnado”, finalizaba con un rictus de severidad y persignándose obsesivamente). Después de aquella travesura, a Belinda le prohibieron terminantemente volver a juntarse con el par de primas; dicha memoria le arrancó una segunda sonrisa.

Después de que se terminó aquel cigarrillo decidió volver a casa de sus abuelos y, ya estando adentro, pasó a la cocina, en donde le ofrecieron tomarse un café y desayunar algo. Amaranta aceptó, después de percatarse de que aún no había desayunado -aunque tampoco sentía muchos deseos de ingerir alimento alguno-, aquel nudo que sentía desde la noche anterior aún permanecía en su estómago. Le sirvieron, pues, una taza de café y un plato de enfijoladas con pollo, las cuales comió con desgano. Mientras esto tenía lugar, don Roberto, su padre, quien también se encontraba ahí sentado, compartía algunos recuerdos que él tenía de su sobrina. Rememoró aquel viaje que hicieron al Bajío, en compañía de Teté y de la abuela: En el camino se les ocurrió ingresar a un balneario que encontraron para que las niñas nadaran y se distrajeran un poco después de haber estado visitando antiguas haciendas, conventos y museos de sitio por casi una semana. Después de haberse instalado, las niñas corrieron hacia la alberca, pero en el camino Teté se resbaló y se dio un tremendo golpazo en la cabeza, razón por la cual ya no quiso entrar al agua, además de que ésta se encontraba sumamente helada a pesar de que aquel había sido un día particularmente caluroso. Desde entonces don Roberto renunció a la idea de viajar nuevamente en compañía de su sobrina.

IV

Al terminar el desayuno, Amaranta se retiró, argumentando que se tenía que ir a trabajar.
“Espero que me dé time de ir a la tintorería por mi ropa antes de llegar a la office, porque ahí van mis pantalones negros de Gianfranco Ferré, mi suéter negro en cashmere de Versace y mis chales de lana de Hermès, y ahorita todo eso me va a hacer mucha falta. También debo ir al Palacio de Hierro a buscar unas medias negras de lana para ponerme mi falda de Alberta Ferretti mañana por la noche.” Éstas eran las cavilaciones de aquella joven de 25 años, quien era graduada de la Universidad de las Américas, donde estudió Periodismo y Comunicación Visual, aunque su verdadera pasión era el Diseño de Modas, y se encontraba trabajando como Editora Adjunta en una influyente revista del mundo de la moda, donde además escribía su propia columna. Manejando sobre el Periférico, se dirigió hacia Polanco, en donde se encontraba su oficina.

Más tarde, cuando se encontraba a punto de salir de trabajar, su madre le telefoneó para decirle que sus tíos llegarían hasta el sábado por la noche, así que Amaranta aprovechó para ver a Benjamín y pasar la noche con él. Después de que su novio pasó a recogerla, fueron a cenar a los tacos de El Califa, en la Condesa, y luego se dirigieron hacia la cafetería que se encontraba justo al otro lado de la Avenida Nuevo León. Sin embargo, al llegar a casa de Ben, no hicieron el amor, era lo último que ella quería hacer; únicamente le pidió que la abrazara muy fuerte y lloró hasta quedarse dormida. Al día siguiente, sábado por la mañana, se dedicó a adelantar algo del trabajo que tenía pendiente para la próxima semana, después fue al súper de Ejército Nacional a comprar cosas que le hacían falta, también compró algunas provisiones para llevar a casa de sus tíos (“porque, típico, la alacena de la tía Macaria sólo ha de estar repleta de sopas Campbell’s y galletas saladas”, pensó), donde tendría lugar el funeral aquella misma noche.
“El cuerpo de tu prima será incinerado allá, en Canadá, puesto que de lo contrario tardarían más tiempo en volver a México. Según me han comentado en casa de tus tías, todos los trámites para transportar los restos mortales de una persona son larguísimos y muy pesados, además de ser bastante costosos, asimismo el transporte en sí resulta algo sumamente delicado”, le había dicho su madre la noche anterior. “Y, bueno, tus tíos Saúl y Macaria llegarán con los restos de Esthercita convertidos en cenizas y metidos en una cajita. Yo le sugerí a mi comadre que le escogieran una muy linda en mármol blanco y que la cargaran a mi tarjeta.”

“Así que, efectivamente y de cualquier manera, éste será un Funeral sin Cuerpo”, pensó con suma tristeza Amaranta, ante la idea de que ya nunca más volvería a ver a su querida prima Teté.
“Dale Señor el Descanso Eterno y luzca para ella la Luz Perpetua. Requiescat in Pacem… Descansa en Paz, querida hermanita Teté. Amén.”

Sueño de una noche de primavera.

Anoche, por segunda ocasión consecutiva, fui víctima de las ilusiones de Hypnos.

Les voy a compartir el último de los sueños que tuve anoche, de una vertiginosa sucesión de cinco:

Me encontraba corriendo por la Ciudad, en una especie de Maratón, donde sólo habíamos dos participantes, aunque no alcanzaba a ver quién era el otro contendiente. La carrera daba inicio en el Centro, justo sobre la calle de Isabel la Católica, a la altura del corredor Regina. De allí me dirigía hacia La Lagunilla y después hacia Avenida Chapultepec, en donde abordaba una especie de cuadriciclo sin frenos. En éste me dirigía a una velocidad incontrolable hacia el Bosque de Chapultepec, primero por el Paseo de la Reforma y después sobre el Circuito Interior. Cuando finalmente conseguía frenar, descendía y continuaba con mi frenética carrera, ésta vez hacia Balderas, sobre una remozada avenida Dr. Río de la Loza. De pronto, entraba en un edificio que tenía un Sanborns en la planta baja y escaleras de mármol rosa, muy pulidas. Andaba allí corriendo, subiendo y bajando escaleras, cuando en mi cabeza comenzaba a sonar el tema Timebomb de Kylie Minogue.

Justo cuando decidía retirarme y proseguir con la carrera cerraban el edificio, y unos conserjes me impedían retirarme al mismo tiempo que una centena de judiciales entraban armados hasta las cachas, tanto por las puertas principales como por las que daban acceso a la citada tienda departamental. Entonces aquello daba un giro inesperado. Uno de los conserjes me preguntaba: “¿Usted es Carlos Turner, verdad? ¿Usted es el hijo de la maestra Tere?” Y yo le respondía: “Sí, así es, pero ¿cómo sabe usted eso? ¿Quién es y qué está pasando aquí?” El otro conserje se le quedaba viendo con cara de que no dijera nada y aquel sólo me decía: “Mire, es que no le podemos decir, pero va a tener que mostrarme una identificación para que lo podamos dejar salir, de otro modo se va a tener que quedar, porque pasó algo muy grave”, se acerca más y me susurra: “Es que agarraron aquí a unos cabrones robando y ya los agarraron, pero traían consigo una bomba y si no tienen cuidado, la pueden detonar y ya valimos madres todos.” Entonces yo me asustaba mucho y le decía todo nervioso: “Sí, yo lo entiendo, y por eso es que debe dejarme ir. Mire, no traigo ni cartera, ni iPod, ni maleta, nada, nada, nada. Todo lo dejé en casa. Verá es que yo salí a entrenar y, como verá, no traigo nada. Yo entré aquí porque éste edificio tiene muchas escaleras, pero ya iba de salida, nada más iba yo de paso. Oiga, no sea mala onda, déjeme salir, es que si no, no podré terminar la carrera y el otro me va a ganar. Mire ahorita que ya se descuidó el otro señor me puede dejar salir.” Pero el señor se negaba y me decía: “Mire, es que no se puede, mejor siéntese aquí y espere a que pase todo éste desmadre. Mire, ya los agarraron, ahí los llevan.” Entonces pasaban varios policías con un par de tipos, no tendrían más de veinte años, se les veía muy flacos y desarrapados. Los conserjes entraban al Sanborns y casi de inmediato salían con dos carteras en las manos atiborradas de dólares. El señor de antes se me acercaba y me decía: “Mira, toma, agarra esto, a’i te lo encargo.” “No, cómo cree, ¡eso es un chorro de dinero, no! ¡Luego me van a acusar a mi de haber sido el que entró aquí a robar, no, no, no!” Y el otro le decía: “Ya, mano, no friegues, ya vámonos. Hay que llevarle esto al jefe, si no se va a poner bien loco. Mira que ya los agarraron, si no les llevamos las pruebas se les van a escapar otra vez. ¡Ándale, güey!” “Bueno, está bien, pero tú aquí te esperas, que nadie puede salir aún, hasta que se dé la orden.”

Estando yo allí sentado en el suelo, de pronto veía junto a mi el estuche de mi violín. Lo sacaba pensando: “Bueno, pues si no traje audífonos y no me van a dejar ir, al menos me puedo entretener con esto”. Y justo en ése momento comenzaban a bajar por las escaleras músicos de diferentes orquestas, se les veía contrariados y confundidos. Poco a poco se comenzaban a sentar en el suelo mientras se preguntaban qué podría haber sucedido, que los habían sacado del ensayo de manera tan abrupta. Algunos se quejaban de que ya era tardísimo y que no llegarían a tiempo a sus otros compromisos, que si el Sindicato les iba a cubrir ésas horas perdidas, que si los iban a dejar volver al auditorio, que si dejaron allí sus pertenencias, etcétera; muchos de ellos llevaban sus instrumentos consigo. Allí conseguía ver muchos rostros conocidos: Beverly Brown (cellista), Jorge Ramos y Patricia Zavala (violistas), algunos violinistas y la sección de metales completa de la OFUNAM; Pilar Bolívar (Concertino), Fabiola Flores y Luz del Carmen Águila (cellistas) y los contrabajistas de la OCBA; Olga Pogodina, (violinista), Mikhail Tolpygo, Paul Abbott y Judith Reyes (violistas), las hermanas Thierry, Alma Estrada (percusionista) y un puñado de músicos más de la Sinfónica Nacional. No pude evitar pensar: “Esto debe de ser un coloquio o un festival de proporciones monumentales, porque hay músicos de todas partes, aunque aún no veo a ninguna de las Reinas de la Filarmónica (de la Ciudad).” En eso estaba, cuando se sentó junto a mi un violinista de la OFUNAM a quien no conozco sino de vista y me decía: “¿Oye, ése violín es tuyo? Chale, mano, el arco se ve bien fregado, ¿me dejas verlo?” Se lo daba al tiempo que me justificaba: “Sí, no está muy viejo, pero salió muy chafa, ya estoy pensando en cambiarlo, porque además la vara se puso muy recta.” Aquel hombre lo seguía revisando y me decía: “No, sólo son las cerdas lo que hay que cambiarle, por lo demás está bien. Mira, mira cómo se le desprenden.” Yo lo veía con una mortificación total.

Después de estar allí un rato, los músicos que estaban en el suelo se comenzaban a levantar y poco a poco se iban retirando hasta que sólo quedábamos aquel violinista, una más de nombre Ewa Turzanska, Pilar Bolívar, Judith Reyes, Gabriel Castorena (¡ah, ya aparecieron las Reinas de la OFCM!), Jorge Ramos y algunos más cuyos rostros no alcanzaba a ver. El violinista con el que había estado miraba a Judith y le decía: “¿Verdad que éste arco sí tiene arreglo?”, mientras aquella sólo asentía con la cabeza. Se marchaban y me dejaban allí, todavía sentado en el suelo, con mi violín en la mano y sin arco. Después de un rato los conserjes que había visto anteriormente bajaban y me decían: “Ya pasó todo, mano, ya te puedes ir.”, y al mismo tiempo aparecía el músico con mi arco en la mano. “Mira, ahorita ya nos tenemos que ir. No pude repararlo, pero te aseguro que sí tiene remedio. Le volví a poner las cerdas que tenía, pero ya están muy fregadas. Te voy a recomendar a mi laudero para que se las ponga y no te cobre muy caro. Pero debes de hacerlo ya, porque no puedes estar tocando con un arco tan fregado.” Me devolvía el arco junto con una tarjeta y se iba.

El arco, el violín y el estuche quedaban en no-sé-dónde, yo sólo me daba la vuelta y salía del edificio, aún vestido con mis shorts rojos, mis calcetas blancas, mis tenis y una playera azul. Salía a la calle y me disponía a continuar corriendo. Estaba afuera de lo que puede reconocer como el cruce de la avenida Balderas y Arcos de Belén. ¿Y saben qué ocurrió cuando di el primer paso después de salir del edificio? Desperté.

Censuran a Valentina Lisitsa en Toronto.

Sinfónica de Toronto cancela la participación de Valentina Lisitsa.

Valentina Lisitsa es una pianista que pertenece a la minoría rusa nacida en Ucrania. Actualmente reside en los Estados Unidos y desde sus redes sociales expresa permanentemente su apoyo al movimiento separatista prorruso y critica al actual gobierno de su país de nacimiento.

A través de sus cuentas de Facebook y Twitter, Lisitsa no duda en acusar al gobierno ucraniano de fascista, aunque se opone tajantemente a una guerra fratricida.

Su activismo político no había interferido con su carrera hasta esta semana en la que interpretaría el Concierto para piano no. 2 de Rachmaninov con la Orquesta Sinfónica de Toronto, dirigida por Jukka-Pekka Saraste.

Sin embargo, ante las presiones recibidas por la comunidad ucraniana de Canadá, el consejo directivo del ensamble decidió cancelar la participación de la pianista en los conciertos que se llevarán a cabo mañana miércoles y el jueves 9 de abril.

Aunque la OST ofreció cubrir los honorarios de la pianista, Lisita comentó que “si  el ensamble cancela la participación de un solista por razones políticas, lo volverá a hacer hasta que los músicos intimidados adopten una postura de autocensura.” El presidente de la institución musical Jeff Melanson declaró que “la prioridad de la orquesta debe seguir fungiendo como un escenario para las grandes obras de la música y no para opiniones que pueden resultar profundamente ofensivas para algunos”.

No, es que simplemente no salgo de mi asombro. Éste artículo me ha tenido escandalizado toda la tarde, y es por ello que he decidido compartirlo por medio de todas las formas posibles.

Esto no es sólo indignante, sino enfurecedor. ¿¡¿De qué carajos está hablando ése señor?!? Si Lisitsa estuviese dando mensajes políticos durante sus presentaciones, montando mantas en el escenario y cosas así, por supuesto que estaría incurriendo en un deliberado acto de manifestación que “podría resultar profundamente ofensivo para algunos”, pero cuando se trata de alguien que está ejerciendo su libre derecho a expresar su opinión desde la trinchera de sus redes sociales, bueno, considero yo que es otro cantar. Es como si a Horacio Franco, por poner un ejemplo, le prohibieran actuar en equis foro porque “a pesar de ser un músico virtuoso, avocado a la difusión de las grandes obras de la música barroca, su imagen hipersexualizada, llamativos y entallados atuendos y conducta notoriamente gay, pueden resultar profundamente ofensivas para algunos.” ¿Ah, verdad? ¿¡¿A poco no, trasladado a otro contexto mucho más familiar, resulta una verdadera, absoluta y soberana idiotez?!?
Tengo el presentimiento de que lo que verdaderamente ocurrió detrás de éste lamentabilísimo acto de censura fue asunto de presión política por parte de los miembros del ‘board’, hacia la dirección artística, con el fin de evitar un ‘affair’ diplomático que pudiese derivar en una censura a mayor escala… O algo peor.
Aquí el hecho más horrorizante es ver cómo un grupo de personas se retraen ante la presión en contra de una invitada que se ha tenido el valor de alzar la voz y manifestar abiertamente una posición política, y todo esto lejos de la nación cuestionada. Esto se ha vuelto peor que la Rusia de principios del siglo XX.

No, es que sinceramente sigo sin entender en qué momento comenzó el retroceso social en éste planeta.


Con información de http://nuevo.clasicamexico.com/

La barba son las chichis de los hombres

Hahaha, bueno, yo siempre he dicho que es, más bien, el make-up de los hombres, pero está bonita la descripción. 🙂

La señorita Cora, el blog

El otro día se lo explicaba a Anuar, le decía que esta modita de las barbas es lo más bonito que me ha pasado desde los flats. Me entendió bien hasta que le puse el ejemplo de las chichis: la barba son las tetas de los hombres, poni. Así de sexis, así de bonitas y así de sabrosas.

La barba de Anuar ya está de buen tamaño, ha de ser como copa C. A lo mejor ya es D.

Se la dejó crecer hace más o menos cuatro meses sin algún plan en específico y ahora es casi un pasatiempo entre ceras, barberías, accesorios y demás.

Yo no estaba familiarizada con las barbas, en mi familia no hay barbones. Mi papá era más lampiño que la yema de un dedo y a mi hermano le crece un modesto intento de piocha, pero hasta ahí (y si lee esto, me va a…

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Cinco cosas que ocurren cuando vives con un libanés

Aww, me hicieron acordarme de mi amiga libanesa Badra! Y es que sí, es muy cierto TODO lo que aquí anotan. xD

La señorita Cora, el blog

Ayer cumplimos cinco meses de vivir juntos, más cinco que llevamos de novios, da en total suficiente material como para asegurarles que nada vuelve a ser igual a partir de que compartes baño, closet, refri, tiempo y vida con un hombre de origen libanés, como es mi caso con Anuar.

A ver, no es que Anuar se criara en las calles de Beirut. Ni si quiera su papá, su yete o teta nacieron en Líbano, pero la comunidad libanesa guarda mucho arraigo y amor por sus tradiciones. Los bisabuelos de Anuar llegaron a México por ahí de principios del siglo pasado, según me cuentan sus primas (las de Anuar, no las primas de los bisabuelos).

O sea que han pasado más de cien años desde que su familia está en el País y aun así conservan hábitos, palabras, tradiciones, recetas y hasta rasgos físicos de sus antepasados.

Todo esto para…

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